Cabecera de página de Recuerdos de Cástaras

El 10 de mayo de 2026 falleció en Granada Miguel Almendros Alonso, a quien en Cástaras conocíamos como «Miguelico Alonso». Tenía ochenta y cinco años y una vida hecha de trabajo constante, de afán por aprender y de una fidelidad al pueblo donde nació que ni la distancia ni los años debilitaron. Fue uno de esos hombres que no buscan protagonismo y que, sin embargo, acaban ocupando un lugar en la memoria de un pueblo, porque hizo del trabajo, del servicio y de la generosidad una manera de vivir. 

Había nacido en Cástaras, en el número 12 de la calle Calvario, el 8 de enero de 1941, hijo de Modesto Almendros González y de María Alonso Alonso. Su infancia coincidió con años duros, en los que estudiar era para los niños del pueblo un lujo que las necesidades de la casa no permitían. A los diez años ingresó en el Seminario Menor de San Cecilio, en Granada, con una beca que costeaba «una señora de Vitoria», y allí pasó dos cursos. Regresó a Cástaras sin haber terminado el bachillerato y tuvo que abrirse camino por otras vías.

Retrato de Miguel Almendros Alonso de niño con Lola Retrato de Miguel Almendros Alonso de niño junto a su madre
Fotografías de Miguel Almendros Alonso de niño junto a su hermana, Lola, (izquierda) y junto a su madre, María (derecha).

Pronto se advirtió en él lo que iba a distinguirlo toda la vida: la facilidad para aprender y, más aún, la voluntad de hacerlo. Cuando comenzaron a explotarse las minas de mercurio del Cerro de Mansilla entró como pinche, y no tardó en pasar a trabajos de mayor cualificación en los hornos. Aprendía deprisa, miraba con atención y se atrevía con lo que otros habrían dado por inalcanzable. 

Miguel Almendros Alonso trabajando como arriero en las minas de mercurio del Cerro de Mansilla
Miguel Almendros Alonso, de zagal, trabajando como arriero en las minas de mercurio del Cerro de Mansilla.

Tenía catorce años cuando abrió en su propia casa una escuela nocturna para adultos. Sus alumnos eran, en muchos casos, muchachos de su edad e incluso mayores que habían dejado la escuela para ayudar en las faenas de la casa, del campo o para cuidar del ganado. Miguel les enseñaba por las noches, y la escuela tuvo buena acogida. Su hermana Lola recuerda todavía una de aquellas clases. El 17 de diciembre de 1955 cumplía nueve años y, al terminar, sus compañeros la felicitaron. Miguel le hizo entonces su primer regalo: una pluma estilográfica. Un gesto pequeño que ella ha guardado en la memoria más de setenta años. 

Aquel mismo 1955 se suscribió al tebeo de las «Aventuras de Tintín», que fue todo un hito en un pueblo al que apenas llegaban cartas. 

A comienzos de los años sesenta sentó plaza en el Ejército del Aire. Estuvo destinado primero en Cuatro Vientos, en Madrid, entre 1961 y 1962, y después en Jerez de la Frontera, hasta cumplir los cuatro años de compromiso que había adquirido al alistarse. Recibió formación en mecánica, electricidad, electrónica y telecomunicación, y no fue un aprendizaje pasajero: aquel mundo técnico sería, en adelante, una parte esencial de su vida profesional. 

Retrato de Miguel Almendros Alonso junto a Modesto Retrato de Miguel Almendros Alonso de uniforme militar
Fotografías de Miguel Almendros Alonso junto a su padre, Modesto (izquierda) y de uniforme durante el servicio militar (derecha).

Antes de terminar el servicio militar había superado las pruebas de acceso a Telefónica para la categoría de mecánico. La empresa le reservó el puesto hasta que pudo incorporarse, y su primer destino fue Almería. En 1966 pasó a la central de Reyes Católicos, en Granada, y tres años después obtuvo la categoría de operador técnico. En 1970 se incorporó a la estación de radio de Sierra Elvira, donde trabajó hasta su jubilación como operador de mantenimiento de equipos de telecomunicaciones, en particular de radioenlaces de microondas. Al margen de su trabajo en Telefónica, durante aquellos años desarrolló también por su cuenta una actividad paralela de explotación, mantenimiento y reparación de máquinas recreativas. 

No era hombre de darse por satisfecho con lo que sabía. Mientras trabajaba fue completando la formación interrumpida en la adolescencia: primero Graduado Escolar en 1973, y después Graduado Social en la Universidad de Granada, cursado entre 1978 y 1981. Para preparar los estudios echaba mano de lo que hubiera: cursos por correspondencia, clases radiofónicas que su mujer le grababa en casetes para escucharlas cuando el trabajo se lo permitiera. Todo valía si conducía a lo que se había propuesto. 

Y todavía no era suficiente. 

En 1981 comenzó Derecho y lo terminó en 1986, sin dejar de trabajar, asistiendo a las clases que podía y estudiando cuando sus otras actividades se lo permitían. En el último curso coincidió en la facultad con su hijo mayor, que empezaba primero: el padre en quinto y el hijo en primero. Sus compañeros, muchos de ellos bastante más jóvenes, acabaron teniéndolo por amigo: en la facultad hizo amistades que conservó toda la vida. Dos de ellos le pasaban los apuntes y el material de las clases a las que no llegaba. Al terminar fue elegido delegado de su promoción y fue el encargado de organizar el viaje de fin de carrera a Italia. 

Miguel Almendros Alonso jurando en el Colegio de Abogados
Miguel Almendros Alonso en el acto de jura en el Colegio de Abogados el 18 de febrero de 1987.

Entre aquellos compañeros estaba José, con quien trabó una estrecha amistad. Cuando ambos abrieron despacho de abogados en un piso del Camino de Ronda, en Granada, Miguel compaginó aquella actividad con todas las demás. La amistad quedaría marcada por una circunstancia trágica. José murió en un accidente de automóvil cuando regresaba de un viaje a Madrid. A las tres de la madrugada la Guardia Civil telefoneó a Miguel. Fue a identificar el cuerpo, se ocupó de los trámites y no se apartó de él hasta que pudo ser enterrado en su pueblo de Málaga. La relación con Luisa, la novia de José, no terminó entonces: ella y Miguel, y después también su esposa, Paquita, mantuvieron lazos de afecto prolongados hasta hoy. 

Luisa recuerda una anécdota que resume bien aquella manera de enfrentarse a la vida. Un día le preguntó dónde había aprendido a cortar el pelo. Miguel le contó que, durante el servicio militar, alguien había preguntado si algún soldado sabía hacerlo y él dio un paso al frente. No sabía. Pero tras cincuenta cortes y cientos de trasquilones, aprendió. Una fotografía que conserva la familia lo muestra cortándole el pelo a Manuel en casa de Luisa, entre bromas.

Miguel Almendros Alonso ejerciendo de barbero
Miguel Almendros Alonso ejerciendo de barbero en un ambiente familiar.

No era una excepción. Había en Miguel una confianza práctica ante lo desconocido, que la familia recuerda resumida en una de sus divisas: «Si alguien puede hacerlo, yo también». Y cuando le planteaban un problema, era frecuente que respondiera: «Eso es muy fácil». No porque siempre lo fuera, sino porque tenía por costumbre empezar quitándole importancia a las dificultades. 

Por eso acudían a él. Durante años fue, para muchos vecinos de Cástaras, el hombre al que se llamaba cuando fallaba la luz, el televisor, el teléfono, un reloj, un transistor o cualquier aparato que hubiera dejado de funcionar. Ayudaba a grandes y pequeños, y no soltaba un problema hasta darle solución. Ni hacía falta que el asunto estuviera relacionado con su profesión ni esperaba nada a cambio. Le bastaba con que alguien lo necesitara.

Su relación con Cástaras no se interrumpió cuando la vida profesional lo llevó lejos. Conservó allí casa y volvía con frecuencia, sobre todo en los años setenta y ochenta y, después, siempre que las circunstancias se lo permitían. Cástaras siguió siendo un lugar de retorno y una comunidad de la que nunca se desligó.

Colaboró con la iglesia, a la que dedicó tiempo, trabajo y hacienda. A finales de los años noventa empezó a ocuparse de la reparación del antiguo reloj, con Francisco, el marido de Lola, haciendo de pinche y subiendo y bajando las escaleras de la torre; entre los dos lo dejaron funcionando en 2004. Es un episodio menor dentro de una vida larga, pero muy suyo: si algo necesitaba arreglo y él podía hacerlo, se ponía manos a la obra.

Entró en la corporación municipal de Cástaras, encabezando una candidatura en la legislatura 2007-2011 y permaneció en la oposición. Fue de nuevo concejal entre 2011 y 2015, también en la oposición. La actividad municipal no le ofreció el espacio que quería para trabajar por el pueblo, pero su paso por el Ayuntamiento pertenece igualmente a esa disposición suya a implicarse en todo lo que consideraba propio.

Se había casado con Paquita González Estévez el 25 de mayo de 1966 en la iglesia parroquial de San Miguel de Cástaras. Formaron una familia de tres hijos: Miguel Ángel, catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social en la Universidad de Granada; Javier, catedrático de Física en la misma universidad; y Alberto, licenciado en Derecho, diplomado en Ciencias Empresariales y abogado en ejercicio. Les siguieron cinco nietos: Cecilia, Sofía, Duna, Elvira y Javi. Paquita siempre cuidaba de la familia mientras Miguel multiplicaba trabajos, estudios y ocupaciones.

Retrato de Miguel Almendros Alonso
Boda de Paquita y Miguel.

Quizá la palabra que mejor explique su vida sea hacer. Trabajar, estudiar, reparar, aprender, ayudar. No había en él una frontera nítida entre unas cosas y otras. El hombre que atendía los equipos de microondas de Sierra Elvira podía ocuparse después de un asunto jurídico, arreglar el aparato de un vecino o una máquina recreativa, resolver algo de la iglesia o preparar un examen. Durante muchos años llevó varias vidas a la vez, y ninguna fue para él simple afición. 

Fue, en el sentido más literal, un aprendiz permanente, y sus inquietudes tenían poco de académicas: eran curiosidades aplicadas a la vida. Quería saber cómo funcionaban las cosas y, una vez sabido, quería hacerlas. De ahí que pasara de las minas a la electrónica, de Telefónica al Derecho, de la universidad al despacho, y de allí a cualquier problema que le pusieran delante. 

No fumó ni bebió nunca. Era alegre, conversador, de trato abierto. Pero más que enumerar cualidades importa recordar la confianza que inspiraba. Luisa, la novia de José, a quien Miguel hubo de consolar por la muerte de su prometido cuando estaban a punto de casarse, lo dice de un modo difícil de mejorar: no tanto un padre como aquel hermano mayor al que se podía acudir sabiendo de antemano que ayudaría. Ella misma acudió a él en algunos de los momentos más difíciles de su vida.

Ese lugar que ocupó en su familia lo ocupó también, en cierta medida, para muchas personas de Cástaras. No era una autoridad ni lo necesitaba. Era algo más sencillo y, por eso mismo, más duradero: alguien en quien poder confiar. 

Miguel Almendros Alonso vivió fuera de Cástaras buena parte de su vida y, sin embargo, siguió perteneciéndole, porque no era cuestión de residencia. Estaba en sus visitas, en su casa del pueblo, en la ayuda a los vecinos, en su trabajo por la iglesia, en su paso por el Ayuntamiento y, sobre todo, en esa disponibilidad que hacía que todos siguieran contando con él.

Retrato de Miguel Almendros Alonso
Retrato de Miguel Almendros Alonso.

Ahora que ya no podemos llamarlo para preguntarle cómo arreglar algo, ni verlo llegar con aire de quien ya está pensando en la solución, queda lo que deja una vida como la suya: el recuerdo de un hombre que no dejó de aprender y que casi siempre encontró la manera de servir.

Queda también Cástaras, donde nació y a donde regresó una y otra vez. Hay personas que forman parte de la historia de un pueblo no por haber ocupado grandes cargos ni dejado una obra monumental, sino porque durante muchos años estuvieron ahí. Miguelico Alonso es una de ellas.

Lux perpetua luceat ei.

Autógrafo de Miguel Almendros Alonso
Autógrafo de Miguel Almendros Alonso.
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