Francisco Izquierdo Martínez (Granada, 1927 – Madrid, 2004) ocupa un lugar singular en la cultura granadina del siglo XX. Escritor, periodista, editor, pintor, dibujante y cineasta, pertenece a esa rara estirpe de creadores para quienes la actividad intelectual no se fragmenta en oficios separados, sino que responde a un mismo impulso de curiosidad, imaginación y rigor. No acumulaba disciplinas: las integraba. Quienes lo conocieron lo definieron a menudo como un «renacentista puro», un humanista intempestivo capaz de transitar con naturalidad entre la literatura, las artes plásticas, la investigación histórica y la crítica cultural.
Nació el 7 de abril de 1927 en la calle Hornillo de Cartuja, en una Granada todavía profundamente anclada en la tradición y a punto de ser sacudida por la Guerra Civil. Su infancia quedó atravesada por aquel conflicto y por su contacto temprano con las sierras granadinas —Nívar por un lado, Lanjarón por otro—, experiencias que lo acercaron al paisaje y al mundo humano de la Alpujarra. Aquellas primeras vivencias no fueron para él un simple recuerdo de juventud: con el tiempo acabarían convirtiéndose en un territorio literario y simbólico que ocuparía un lugar central en su obra.
Tras cursar estudios de Magisterio, dirigió durante algunos años el reformatorio de San Miguel Alto. Aquella experiencia le permitió conocer de cerca las tensiones sociales y humanas de la posguerra española. Sin embargo, pronto comprendió que su verdadera vocación no estaba en la administración, sino en la creación y en la vida cultural. En la Granada de los años cincuenta participó activamente en la renovación intelectual de la ciudad, impulsando iniciativas y grupos de vanguardia —entre ellos el conocido Abadía Azul— que buscaban sacudir la atonía cultural de la época. No era un revolucionario estridente, pero sí un espíritu incómodo, siempre dispuesto a abrir ventanas en un tiempo de puertas cerradas.
En 1953 se trasladó a Madrid, donde desplegó una intensa actividad periodística y editorial. Fue director gráfico de la revista Ecclesia y colaboró en diversos medios, entre ellos ABC, Blanco y Negro o Ya. Su escritura, ácida y valiente, supo moverse en los márgenes de un sistema vigilante, utilizando la ironía y el sarcasmo como instrumentos de observación crítica. Paralelamente desarrolló una notable labor editorial: llegó a fundar una decena de sellos, entre ellos Editorial Azur (1966), desde la que impulsó la publicación de autores jóvenes que más tarde alcanzarían gran relevancia, como Francisco Umbral o Luis Alberto de Cuenca.
El cine constituyó otra de sus aventuras creativas. Fundó la productora Experimental Film Animation (EFA) y realizó diversos trabajos de animación, colaborando incluso como guionista con la compañía estadounidense Hanna-Barbera. Esa sensibilidad visual —atenta al encuadre, al gesto y al ritmo— se percibe también en su literatura: escenas nítidas, personajes trazados con firmeza y paisajes descritos con una precisión que a menudo recuerda al lenguaje cinematográfico.
Junto a esta intensa actividad pública, Izquierdo mantuvo siempre una dedicación constante a la pintura, el grabado y el dibujo. Su trayectoria artística atravesó diversas etapas, desde experiencias cercanas al informalismo hasta un figurativismo libre y expresivo. Él mismo confesó en varias ocasiones que la pintura le proporcionaba un espacio de libertad más inmediato que la escritura, a la que se enfrentaba con un rigor casi artesanal.
Su producción literaria, que supera los sesenta títulos, se caracteriza por una prosa ágil, culta y profundamente irónica. En ella conviven la erudición histórica, la atención al paisaje y una mirada crítica —a menudo teñida de sarcasmo— sobre los comportamientos humanos. Esa mezcla de cultura, humor y libertad intelectual le permitió abordar temas históricos, literarios y costumbristas con una voz propia, difícil de encasillar. Entre sus obras más destacadas figuran Guía secreta de Granada, Las guerrillas granadinas y El apócrifo de la Alpujarra Alta (1969), un libro singular dentro de la literatura española de viajes, fruto de años de recorridos por los pueblos alpujarreños y de una observación atenta de su paisaje humano y cultural.
A lo largo de su vida recibió diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Periodismo en 1981. En sus últimos años regresó definitivamente a Granada, donde continuó escribiendo, pintando y participando activamente en la vida cultural granadina hasta su fallecimiento en 2004.
Francisco Izquierdo fue, en definitiva, un creador que nunca se conformó con un solo lenguaje. Su obra —literaria, periodística, gráfica y cinematográfica— compone el retrato de un hombre que entendió la cultura como una forma de conciencia crítica y el arte como un territorio de libertad, incluso en tiempos poco propicios para ella. Al mismo tiempo, su escritura dejó uno de los testimonios más lúcidos y personales sobre Granada y sobre la Alpujarra, paisajes que en su obra aparecen no solo como escenario, sino como memoria viva de una cultura y de una manera de estar en el mundo.
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