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Escritos y publicaciones

 

Cástaras en la prensa

 

Un pueblo que no quiere morir

 

Artículo de Eduardo Castro publicado en IDEAL el 26 de octubre de 1975, que retrata acertadamente la situación agónica que vivía Cástaras en la década de 1970. La fotografía que acompaña al texto, tomada desde lo alto de la cuesta de las Eras, está volteada horizontalmente.

 

CASTARAS, un pueblo alpujarreño que no quiere morir

Después de San Miguel se queda todos los años silencioso y triste

 

Cástaras, uno de los pueblos mi sorprendentes y bonitos de toda la Alpujarra granadina, atraviesa desde hace unos años una situación verdaderamente desoladora. Al tiempo que la falta de puestos de trabajo iba adquiriendo en nuestra región proporciones alarmantes, la población alpujarreña más joven daba comienzo a un éxodo que todavía hoy ―a pesar de haberse ya cerrado casi todas las puertas europeas a la emigración no ha parado, en busca de otras zonas más prósperas de país. Además, como si los problemas existentes no fuesen por entonces harto importantes, la pertinaz sequía que se viene padeciendo en los últimos dos años, que casi ha arruinado el campo de la región, ha venido trágicamente a sumarse a todos los otros males socio-económicos de misma, rematando en definitiva una situación de por si desesperada y, en algunos casos, prácticamente irremediable. Realidad de la que Cástaras es, sin duda, uno de los ejemplos más significativos e incluso dramáticos.

PARAÍSO ABANDONADO

Con todo lo anterior, resulta que Cástaras, ese delicioso enclave al pie de Sierra Nevada y sobre el valle del río Guadalfeo, se ha convertido en la última década en un verdadero paraíso abandonado. Más de la mitad de su población ha pasado a incrementar el censo de hecho de lugares tan lejanos como Barcelona o Palma de Mallorca. Y prácticamente dos terceras partes de sus casas permanecen ahora cerradas por lo menos durante once de los doce meses del ano. Hay sólo una época que supone la excepción: el final del verano y las fiestas en honor de San Miguel. Como en otros pueblos, muchas de las familias emigradas contra su voluntad regresan a Cástaras cuando se aproximan las fechas de sus fiestas populares. El día 29 de septiembre marca todos los años el único momento en que el pueblo vuelve a recobrar su alegría perdida, su añorado ritmo de la vida cotidiana y el calor de sus casas que probablemente haya perdido ya para siempre, pero al que sus gentes no se resignan a renunciar.

¡HASTA EL AÑO QUE VIENE!

Más que otra cosa, las fiestas de San Miguel suponen para Cástaras la celebración anual del rito de los saludos entre viejos amigos separados, una larga serie de conversaciones e historias contadas al compás de las explosiones de los cohetes y los acordes musicales de la verbena de la plaza principal. Durante dos días, las pocas tabernas que siguen funcionando en el pueblo, permanecen abiertas y rinden a un ritmo normal. Durante dos días, las calles de Cástaras se animan y adquieren también un aspecto normal. Durante dos días, en fin, el pueblo late con verdadera intensidad. Y todo se rubrica, naturalmente, con la celebración religiosa en honor del Patrón, que es el principal y profundo motivo de la fiesta. Después, con la llegada de octubre y el regreso de cada cual a su lugar de trabajo y residencia, Cástaras vuelve uno y otro año a quedarse silencioso y triste, Para los que se quedan es, entonces, el momento de los suspiros y las añoranzas.

CASAS REGALADAS A ESCOGER

Por buscar soluciones al progresivo decaimiento del pueblo —y no pudiendo hallarlas en un impensado resurgir de su agricultura—, los vecinos de Cástaras han conseguido una serie de mejoras urbanísticas y de comunicaciones que, por un lado, lo han convertido en el sitio ideal para pasar unas vacaciones tranquilas y agradables, y por otro, terminarán presumiblemente con su fatídico aislamiento. Así, con el reciente asfaltado de la carretera que lo une a Torvizcón y el empalme, a través de las minas del Conjuro, con la que atraviesa todos los pueblos de la Alpujarra alta, Cástaras está actualmente a unas horas de viaje desde la capital. Ahora, es, pues, la ocasión indicada para acercarse hasta allí y disfrutar de un pueblo, un agua —abundante y de calidad realmente envidiable— y un paisaje de los que pocos van quedando ya por nuestra geografía. El viaje, además puede ser aprovechado para tratar de conseguir una de las tantas casas en venta como hay, y a precios verdaderamente increíbles. De cualquier manera, solamente la visita en sí es de lo más interesante y se hace ahora casi obligada. Cástaras y su gente, qué duda cabe, se lo merecen.

Eduardo CASTRO

«Cástaras, un pueblo alpujarreño que no quiere morir». IDEAL, Granada, 26-10-1975, p. 13.

 

 

 

 

 

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Copyright © Jorge García, para Recuerdos de Cástaras (www.castaras.net).

Fecha de publicación:

8-8-2010

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Última revisión:

7-01-2015