Escritos y publicaciones

Homenaje a Jean-Christian Spahni

 

La Alpujarra está perdiendo su folclore...

 

Justo dos meses después de contar sus andanzas por La Alpujarra en el artículo reseñado en la página anterior, Spahni reflexionaba sobre la pérdida de identidad de La Alpujarra a causa de los avances modernos, en el último artículo que publicó en el diario IDEAL.

Trata el etnólogo suizo de las manifestaciones musicales del folclore alpujarreño, todavía vigorosas cuando estuvo por La Alpujarra, hace ya más de cincuenta años, que no solo estudió, sino que grabó y difundió en emisoras locales radio Órgiva e internacionales radio Ginebra y otras estaciones suizas— y en un disco, titulado Alpujarra. Andalousie secrète, publicado en 1959 por el sello francés Le chant du Mond,  del que se conservan escasos ejemplares. La grabación contiene villancicos, coplas infantiles y de muleros, una cencerrada, una muestra de la fiesta del trovo, y otras canciones del acervo musical de la comarca que actualmente están olvidadas o en trance de desaparición.

Como en toda la obra de Spahni, aquí también se aprecia su atracción por estas manifestaciones folclóricas que él consideraba fiel reflejo de la forma de pensar alpujarreña, y en suma su fascinación por el hombre alpujarreño, entonces «muy lejos de una civilización orgullosa y ruidosa que ha sacrificado a la máquina lo mejor del corazón humano», pero que no mucho más tarde ―y el propio Spahni tendría ocasión de comprobarlo— fue devorado y adocenado por esa civilización arrogante y vanidosa.

 

La Alpujarra está perdiendo su folklore popular
 a causa de los adelantos eléctricos

NINGUNA MELODÍA DE FUERA SERÁ CAPAZ COMO LA DEL PAÍS,
 DE TRADUCIR LO QUE SIENTE UN PUEBLO

 El «trobo» es fiesta larga y en la que todo nace espontáneo:
música, letras, danzas...

 

Por el Profesor

JEAN-CHRISTIAN SPAHNI

En un artículo que IDEAL tuvo la amabilidad de publicar hace poco hice un breve relato de mis viajes a través de la Alpujarra y de los contactos que se establecieron entre la gente y yo mismo. Aproveché mi estancia en cada pueblo para estudiar también el folklore de dicha región. Me parecía que la Alpujarra todavía aparte de los adelantos espectaculares de nuestro tiempo, debía conservar, intactas, numerosas tradiciones antiguas. Desgraciadamente, tuve que desistir. En la mayoría de los pueblos supe que sí existía un folklore musical muy rico, que se tocaba y bailaba un fandango típico en el que participaba toda la gente. Pero apareció la electricidad. Apareció también la radio, y con ellas, melodías, canciones y ritmos extranjeros que, pronto, sedujeron a los auditores (a los jóvenes sobre todo). Lo lamentan los viejos. Lo lamento yo y conmigo todos los aficionados a la verdadera música popular, pues ninguna melodía de afuera será nunca capaz, como la del país, de traducir lo que siente un pueblo.

 

El oasis de Cádiar. Por encima, el pueblo de Los Bérchules.
(Photo Spahni.)

Sin embargo, hallé todavía, en unos cuantos lugares alpujarreños, un folklore musical poco adulterado y no vacilé en grabar, con la colaboración afectuosa de los habitantes, una multitud de canciones y fragmentos de éstas que se están radiando por las emisoras suizas, teniendo un éxito que es menester subrayar aquí. Primero me dediqué a las canciones infantiles, puesto que en unos pueblos (Trevélez, Cástaras, Murtas) suele la niñez reunirse por las tardes en las plazas de su barrio para cantar hasta muy entrada la noche. No conozco espectáculo más hermoso que el de esas niñas jugando a la rueda y cantando con todo su corazón, mientras se levanta la luna en un cielo donde las estrellas se cuentan por millares. A lo lejos ladra un perro. Se oye reír a unas mujeres que van a la fuente, llevando en la cadera el armonioso cántaro de barro. En esas canciones de niños se habla del amor, de la vida, de cosas tristes o alegres, con sencillez, dulzura y un sentido poético admirable. A menudo, prueban ellas un humor que traduce la salud moral de los que, espontáneamente, la inventaron y la interpretan:

Adiós, Trevélez de mi alma,
Recuerdos llevo de ti.
Yo quise a una treveleña,
Y ella no me quiso a mí,
Y con otro se marchó.
Y ahora viene a preguntar
La vida que llevo yo.
La vida que llevo yo
Es una vida Feliz,
De tabernas en tabernas
Sin acordarme de ti.
Aunque te laves la cara
Con agua de perejil,
No se te quitan las manchas
de los besos que te di.

(Trevélez)

Estando Don Señor Gato
Paraito en su tejado,
A ver si ve una gata,
Que se quiere ver casado
Con una gatita parda,
Sobrina del gato pardo.
El gato, por ir a verla,
Se ha caído y se ha matado,
Se ha roto siete costillas,
el espinazo y el rabo.
Ya lo llevan a enterrar,
Por la plaza del pescado,
Al olor de la sardina
El gato ha resucitado.
Al rato dice la gente:
Siete vidas tiene un gato.

(Cástaras)

Estrecha comunión entre el hombre y las cosas

En las estribaciones Este de la Contraviesa, frente al mar, en un paisaje que es uno de los más bellos que he contemplado, se puede oír a muchachas cantando mientras trabajan. Esas canciones nacen espontáneamente, sobre todo cuando la trilla del trigo. Se componen de cinco a seis versos, rimados, de ocho sílabas cada uno. Son profundas y conmovedoras. Surgen después de una pena o de una alegría grande. Llenan el campo tal como lo hace el calor y el sol. Imponen el respeto. Animan a los que trabajan. Establecen una comunión estrecha entre el hombre y las cosas que lo rodean. Entre cada copla, hay un momento de silencio que prolonga la emoción del verso y durante el cual parece que la misma naturaleza ha suspendido su respiración. Me acordaré toda mi vida aquella tarde de verano, cuando iba de Murtas al Collado. Hacía un calor tremendo. El sol quemaba hasta las piedras del camino. No soplaba ningún viento y aun los pájaros estaban callados. Delante de mí se extendía el Mediterráneo, sereno, sin límites, como un gigantesco espejo. De repente nació la canción de un mulero trillando:

Y llora, que tienes razón,
Si se te ha muerto tu madre.
Cuando se murió la mía,
No tuvo comparación
Lo que yo lloré aquel día.

(Cojáyar)

Pronto empezó a cantar otro muchacho, por lo alto, de mí invisible. Su voz era poderosa. Me paré, emocionado, en la sombra de un almendro. No tenía ni la menor idea de dónde me encontraba. Pues sí, entre cielo y tierra, muy lejos de una civilización orgullosa y ruidosa que ha sacrificado a la máquina lo mejor del corazón humano.

Todo es pena para mí.
La pena, la que no es pena,
Que ayer penaba para verte,
Y hoy peno porque te vi.
La pena, la que no es pena.

(Cojáyar)

La fiesta del «trovo»

¿Qué pensar de aquellas canciones, parecidas a las que se suelen oír en los campos asturianos? ¿Trátase de una coincidencia o de un origen común? Sabemos que la Alpujarra, después de la Reconquista, ha sido repoblada por gentes del Norte de la Península. Interesante problema que merecía ser estudiado.

En una zona que comprende una gran parte del término de Murtas se halla una fiesta llamada el «trovo». Implica la intervención de una orquesta que, generalmente, cuenta una guitarra, un laúd, y dos violines. Toman parte unos cantores, que se reclutan entre los espectadores. Sobre un tema espontáneamente elegido, cada uno, en su turno, canta una copla, de seis versos, rimados, de ocho sílabas, que recuerdan, en cuanto a su construcción, la de los muleros ya descrita. A la fiesta concurren también jóvenes «bailaores» que ejecutan dos pasos distintos aunque sigan iguales la línea melódica y el ritmo: el robado, con su cambio hábil de participantes, y la mudanza, durante la cual el muchacho cumple saltos muy difíciles alrededor de su compañera. En los cortijos, las muchachas tocan palillos adornados con cintas de seda de varios colores. Es preciso haber visto una fiesta de trovo «en su salsa» para comprender su verdadera belleza y su verdadero valor artístico. Es verdad que los músicos actúan sin haber seguido nunca clases de música. Tocan por tradición, por oído. Han adquirido su instrumento de un viejo que les ha enseñado su arte. Tocan, pues, de una manera inimitable. Llevan el trovo en su misma sangre. Y jamás se cansan. A veces dura la fiesta dos o tres días sin ser interrumpida. Lo mismo referente a los «cantaores». No han tenido ni tiempo ni oportunidad para educarse la voz. Disponen de un vocabulario bastante reducido (no lo escribo por ofenderlos, todo lo contrario). Sin embargo, tan escasos que sean los elementos por ellos empleados, cantan horas tras horas sin fallar, sin equivocarse en su versificación, sin encontrarse al cabo de su inspiración, cada uno tratando de superar a los demás. Se animan hasta tal punto que faltaría poco para que lleguen a pelearse de verdad...

¿Qué poeta, entre los más conocidos, sería capaz, como esos artistas alpujarreños, de componer en el acto un poema sobre un tema de que, unos minutos antes, no tenía idea ninguna?, me pregunto.

Reflejo fiel de su misma forma de pensar.

Cuando el magnífico VII Festival Internacional de Música y Danza de Granada, tuve el privilegio de entrevistarme con el guitarrista Andrés Segovia. Hablamos de por qué él no tocaba nunca piezas del repertorio popular andaluz, del «cante jondo», por ejemplo. Me respondió que, por sus estudios de música, se había alejado demasiado de este tipo de emoción artística, que si nace de manera inmediata en el corazón de tantos españoles y que es la marca infalible de su auténtico genio musical. Escribiendo aquí sobre el trovo y las canciones de muleros, vuelvo a pensar en ese interesante cambio de impresiones con el ilustre guitarrista. Llego a la conclusión de que dichas manifestaciones artísticas del pueblo alpujarreño son un reflejo fiel y significativo de su misma forma de pensar, de comprender la vida y de vivirla.

Todos debemos de obrar
Bien para poder vivir.
También debemos pensar
Que tenemos que morir
Y aquí no venimos más.

Yo trovo desde pequeño
Porque tengo afición.
Y publico con mucho empeño
Que después de dormido ya
He cantado en un ensueño.

Porque Jesús Cristo diga
que lo crean los cristianos,
La apariencia nos obliga.
Que en la tierra se pudre un grano
Y luego aparece una espiga.

Un refrán de mi tierra dice que la música favorece la unión entre los hombres. En lo que a mí se refiere, me ayudó a comprenderla mejor y a quererla con todo mi corazón a una región de Granada que sigo llamándola un pedazo de paraíso. Por lo tanto, dedico mi agradecimiento más sincero a tantos amables y auténticos artistas de los pueblos aquí mencionados, sin olvidar las numerosas y bellas cortijadas de la Contraviesa: el Collado, los Pérez, Candiota, Cuestas Viejas, etcétera.

 

 

Jean-Christian SPAHNI: «La Alpujarra está perdiendo su folklore popular a causa de los adelantos eléctricos». IDEAL. Granada, (3-9-1958),  año XXVII, nº 8101, pp. 12-11. Reproducido por cortesía de IDEAL.

 

 

 

 

 

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Copyright © Jorge García, para Recuerdos de Cástaras (www.castaras.net).

Fecha de publicación:

12-11-2010

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Última revisión:

10-01-2015